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martes, 18 de abril de 2023

Aventura en el fin del mundo, parte dos

 Me desperté cuando Paula movió una bolsa en el living. Me había costado dormir después de la excitación vivida el día anterior. La luz llenaba toda la habitación como si fuera el medio día, enseguida sentí el latido fuerte de mi corazón y el nerviosismo se apoderó de todo mi cuerpo. Tantié la mesita de luz en busca del celular, aún no eran las 7am, era muy temprano, pero igual salté de mi cama, ya sobresaltada. Las maderas crujieron, la cabaña sonaba con cada uno de nuestros movimientos. Me vestí rápidamente, me desvestí de nuevo, cuando recordé que abajo de todo iba la remera térmica y luego lo demás. Respiré. El día había llegado, estaba en Ushuaia y la carrera comenzaría en dos horas.

Tomamos un desayuno rápido con Paula, lo habitual, nada debía ser nuevo, ninguna rutina debía cambiar. Los días de la carrera nada se prueba, dicen los que saben. Pronto descubriríamos que eso solo aplica para las seguras y monótonas carrera de calle, la montaña tiene sus propias reglas.

Decidimos llegar a la carrera caminando, y corriendo un poco. Estábamos solo a 2 km de la salida, y lo aprovecharíamos para entrar en calor. Salimos de la cabaña, y el frío nos envolvió de inmediato en el bosque algunos rayos del sol se colaban pero no llegaban a calentarnos. Arrancamos despacio, la subida por la carretera en zigzag, nos sirvió para calentar las piernas. Pronto comenzamos a cruzarnos con corredores que iban y venían. Cada vez mas caras sonrientes, algunos se animaban a las calzas cortas a pesar del frío. El día era soleado y sin viento, un día ideal. Ya de lejos escuchábamos la música de la organización y un hombre que hablaba por el altoparlante. Voy a confesar que no me gusta la música en las carreras, los ruidos fuertes a la mañana me pone nerviosa como los gritos, y en un entorno natural no le encuentro sentido. Debo ser la única persona a la que le pasa esto.

Pasamos rápido a los baños y la carrera comenzó. Así sin ningún tiempo para acomodarnos, habíamos llegado justo y quedamos últimas en la largada.



Una cosa que siempre me llama la atención de las carreras es el ruido del principio, seguido por ese silencio absoluto en el primer kilómetro. Comenzamos los primeros kilómetros con una subida suave, pero constante por la carretera por la que veníamos subiendo desde donde estábamos alojadas. Ya nadie hablaba, con los primeros ahogos, solo se escuchaban los pasitos de la multitud y algunos suspiros ahogados. La carretera terminó en un bosque hacia una subida pronunciada muy ancha y llena de piedras. Por ambos costados se levantaba un bosque de árboles altos y mas arriba una montaña imponente nevada o con glaciares colgantes y piedras de un azul grisáceo oscuras. 



El camino en zigzag terminó en un finito caminito de piedras en una ladera, con un precipicio al costado. Solo habíamos subido unos kilómetros, pero ya estábamos bien arriba y el paisaje se había abierto entre la ladera de dos montañas. Cielo y tierra hasta el horizonte, y el mar con montañas, algunos barquitos perdidos en el océano. Lo sabía, no eran barquitos, sino enormes cruceros que se aventuran a la Antártida en esa época del año. Estando mas alto podíamos ver toda la bajada hasta donde comenzaba la ciudad abrazando el pie de la montaña, las casitas ya parecían de juguete. No soplaba casi nada de viento, y la temperatura era fría pero agradable para nuestro cuerpo. Me sentía con una energía infinita, muchas ganas de subir, muchas ganas de conocer que mas vendría después. Ya arriba y acabada la primer trepada, el aíre nos lleno los pulmones y pudimos comenzar a hablar, intercambiar algún aliento algún comentario. Paula pronto descubrió que su botella de agua era incómoda para tomar ya que debía sacarla de la mochila cada vez y volverla a meter así que decidimos compartir el agua de mi mochila tipo camel back. Luego la llenaríamos con la de ella. 

Dentro del bosque perdimos a la multitud. Por momentos estábamos corriendo solas por medio del bosque, por momentos nos encontrábamos con algunas personas. Charlamos con una chica de Ushuaia por algunos kilómetros, nos contó que estaba volviendo luego de estar parada unos meses. Nos aconsejó hacer regenerativo al otro día. Luego la pasamos y mas tarde la veríamos llegar a la meta. Solo cuando la carrera se volcaba sobre un camino ancho, o una subida pronunciada larga y vistosa podíamos tener real certeza de que no estábamos solas, y que éramos muchísimos corredores.



Pronto descubrimos que diferente son las carreas de calle, donde uno trata de no probar nada nuevo. Nos ponemos ropa que conocemos, calzado que conocemos, y vamos a una velocidad que estamos acostumbradas a correr, comemos y tomamos agua cada una cantidad exacta de kilómetros. Acá la regla que nos pusimos es tomar agua a cada rato, antes de que la boca estuviera seca. Como un reflejo de nuestros cuerpos, lo montaña imponía sus propias necesidades que atender. Debíamos estar todo el tiempo pendientes de lo que el cuerpo pedía.

El terreno es lo que me resultó complicado de la Ushuaia Trail race. Antes había participado de la k15 de Villa la Angostura, y este era mas complicado y traicionero. No había que que confiarse. Lo peor para mí, fueron las raíces patinosas que casi me cuestan un dedo. Iba bajando muy tranquila, cuando me patiné en una de ellas. Puse mis manos instintivamente, pero uno de mis dedos cayó sobre una rama sobresalida, y el dedo se fue todo para atrás. Aún no sé como no se me quebró y fue solo la impresión de lo que podría haber pasado.

Para mi el peor kilómetro fue el 9. El cuerpo estaba cansado, las piernas comenzaban a estar mas cargadas. El aire no me faltó nunca, ni en las subidas, en las que respiraba tranquila y constante.  Llegábamos a los puestos de hidratación, y lejos del consejo de comer solo lo conocido, nos comíamos y tomábamos todo lo disponible. Y parecía que nada alcanzaba como suficiente combustible que agregar a la carrocería. Las piernas quemaban mientras los kilómetros pasaban. Cambié el aire luego de una subida interminable. Delante nuestro una mujer se acostó en el suelo y toda tirada dijo "no doy mas". Enseguida vinieron las compañeras de grupo, o quizás otras corredoras y la levantaron. Una de ellas la retó y le dijo "Te levantás, si estás casada, descansá parada y caminando despacio, pero al piso no te tirás mas".

Las largas subidas, seguían a largas bajadas; y las largas bajadas, seguían largas subidas. Después de esa subida interminable, un espíritu de corredora se apoderó de mi. Me sentía liviana y fuerte. Me sentía toda una corredora y agarraba largos tramos a buena velocidad. 

Ya faltando muy poco todos nos decían "ya llegan, ya llegan", al costado del camino se apostaban personas que alentaban, quizá fans de las carreras de aventuras (de solo mirar), familiares o lugareños esperando a los punteros de los 60km ¡Si! aunque no lo crean hay gente que corría 30 y 60km ese día, y ¡sí! también me parece una locura, pero quién sabe, quizá algún día la locura me haga correr más kilómetros también.

Ya el final estaba realmente cerca, y no como todas las otras veces que nos habían dicho era mentira. Mis sentimientos eran encontrados, no quería que termine, pero por otro lado me sentía feliz porque las piernas y los brazos ya no daban mas. Del cuerpo se había utilizado todo combustible y pensamiento positivo y también cada músculo, y ya todo me dolía. Algunos punteros de los 30km nos pasaban como alambre caído. 

Y finalmente llegó. Otra vez escuchamos la música, el calor de los aplausos que no paraban y el hombre del micrófono que nos daba la bienvenida. Todo me hizo picar mas rápido cuando ya creía que no podía levantar las piernas. No podía parar de sonreir, creo que se me llenaron los ojos de felicidad y también de lágrimas. Cruzamos por el largo pasillo de la meta y nos abrazamos un rato. Finalmente este fin de semana emocionante tenía su segundo capítulo. Otro día en esta aventura para no olvidar



lunes, 10 de abril de 2023

Aventura en el fin del mundo primera parte

 


Ya les conté en esta entrada como llegué al fin del mundo, mas precisamente a, la que hasta hace unos años, era la ciudad mas austral del mundo, Ushuaia. Hace un tiempo los chilenos transformaron un pueblo en ciudad, y claramente está mas al sur y así Ushuaia perdió ese podio tan preciado por unos cuantos kilómetros y un puñado de habitantes. De alguna manera había que dejar claro lo especial del lugar, así es que ahora Ushuaia es solo la ciudad mas al sur de Argentina. Sin embargo, el perder un podio no le ha restado nada en absoluto, y esta era la primera vez que la visitaba en mi vida para participar en una carrera de montaña con una amiga. La Ushuaia Trail Race.

Después de la victoria de Argentina sobre Países Bajos, nos quedó una sensación de euforia extrema, sumado al hecho de que habíamos llegado bien a Ushuaia y solo quedaba acomodar las pocas cosas que cargábamos con nosotras y conocer el lugar. Después del último gol, salí de la cabañita al bosque. Estaba nerviosa y eufórica pero sobre todo feliz. Escuché entre los árboles el sonido de bocinazos y gritos de alegría a lo lejos. Las cabañitas de alrededor parecían de juguete, los árboles se perdían hacia el cielo. Hacía frío, y aire tenía ese olor a Patagonia, tierra, bosque y pureza, pero frio sobre todo a pesar de ya ser diciembre. Hacía solo unas horas estaba en Buenos Aires, con calor húmedo e infernal, y ahora estaba ya con la campera respirando ese aire que refrescaba la garganta y los pulmones. Amo el frío.

Inspeccioné el terreno, sobre el humus negro y blandito que pisaba había unos pequeños panales. Me acerqué a mirarlos ¿Qué serían? realmente parecía un panal pequeño y redondo medio naranja o amarillo. Estaba lleno por todos lados y antes de que yo imaginara que clase de insecto había fabricado ese panal, descubrimos que era un parásito de las plantas que se caía al suelo desde los árboles y comenzaba a degradarse dejando ese aspecto de panal. Era la primera vez que veía algo así, are la primera vez de muchas cosas. De estar lejos de casa sin la familia, de viajar con una amiga, de conocer ese lugar. Pero, aunque era mi segunda carrera en montaña, estaba nerviosa como la primera vez en Villa la Angostura.

Caminamos varias cuadras desde las cabañas al centro. Desde la ruta que bajaba en zigzag se podía ver casi toda la ciudad, los últimos cordones de la cordillera y el mar extendido hasta el horizonte. Nos quedamos un rato contemplando el enorme paisaje lleno de tonos de verdes, marrones y azules y continuamos la bajada. Todo el tiempo el silencio se veía interrumpido por los bocinazos de alegría, muy diferentes a los bocinazos furiosos y frustrados que habitualmente abundan en las ciudades. El tono, el ritmo, todo era diferente, las banderas celestes y blancas flameaban desde los autos, las caras explotaban felicidad. El ritmo se contagiaba entre los vehículos uno tras otro y aumentaba mi sentimiento de felicidad eufórica.

Hasta el centro caminamos treinta cuadras recorriendo ese paisaje tan diferente de nuestra ciudad. La arquitectura de casitas metálicas sobre las calles en bajada, cabañas de colores alegres, mayormente casitas de uno o dos pisos con sus techos de chapa a dos aguas. Y siempre decolores azul, amarillo naranja. No parecían ponerse de acuerdo para combinar. A los lejos, se animaba a a erigirse uno o dos edificios solitarios, que le hacían frente al viento que soplaba suave en ese momento. Los rayos del sol ya pegaban horizontal, aunque eran cerca de las 8 de la noche, parecían las 4 de la tarde. Había mucha luz, y el sol, aunque ténue y lejano no se decidía a desaparecer. No lo haría hasta cerca de la media noche, pero la agonía sería larga.

Llegamos a la expo para retiro de kits y la fila no superaba la veintena de corredores. Todos felices y amables, el ambiente cálido nos invitó a desabrigarnos rápidamente. Todas las miradas seguían nerviosas y felices por el triunfo de la selección, pero además ya se respiraba el aire de la carrera del otro día. Evento que la mayoría de nosotros habíamos planeado todo el año.


Regresamos a la cabaña caminando con Paula, y aún con el sol alto cocinamos entre las dos los fideos con tuco. Hicimos fideos para 5, y entre las dos los comimos sin que sobrara uno solo. El sur abre el apetito y las reservas se usarían al día siguiente.

Después de cenar hicimos unas pequeñas video llamadas donde nuestros compañeros nos mostraron que todo estaba bien en casa, los chicos todos felices por los planes que estaban armando con sus padres.

Sin mas nos fuimos a acostar temprano aún cuando el sol seguía batallando por no caer al borde del mundo.

lunes, 3 de abril de 2023

Vuelo loco

Estaba pronosticado lluvia, pero como últimamente sucede pasó de largo. Luego supe que la lluvia llegó por la noche, cuando ya no estábamos por allí. Hasta la hora en la que llegamos al aeropuerto el sol partía la tierra, el asfalto y las personas. No había volado en un tiempo, y como suele suceder, unas semanas antes del vuelo llegaron a mi toda clase de series y películas sobre catástrofes aéreas. Es malo Netflix. Me recomendó "Manifiesto", una serie en la que un avión con mas de 200 pasajeros desaparece y re-aparece cinco años después con total la tripulación intacta, incluyendo polizones. Mi compañera de viaje, Paula, me había comentado que volar le daba ansiedad. Comentario que pasé por alto, porque a mi ansiedad me dan muchas cosas, pero tarde descubrí que su ansiedad era en serio. Mal hecho. Lo que ella catalogaba como "ansiedad" era mas bien "claustrofobia", y se clavó un ansiolítico antes de que subiéramos al avión.
Conocí a Paula hace dos años, cuando empezamos a correr juntas. Nuestra amistad reciente terminó en un viaje que me hizo conocerla un poco mejor. 
Quise entrar al avión rápidamente, porque afuera sobre el asfalto el calor era sofocante. Me imaginé entrar al avión y disfrutar el aire acondicionado, pero Paula me suplicó que esperemos afuera todo lo posible. Así que me quedé debajo de la trompa del avión tratando que la sombrita nos proteja un poco del calor. No había tenido eso en cuenta antes. Acostumbrada a viajar con Diego y las nenas, ellos tienen otras cosas a las que ya estoy acostumbrada y ellos están acostumbrados a mis cosas. Pero viajar con una persona nueva a la que no conocía tanto implicaba también ir acostumbrándome a esas cosas de la cotidianidad.
No lo mencioné antes, pero el día del vuelo, no era cualquier día. Era 9 de diciembre de 2022. Tampoco la hora, era cualquier hora, sino que era 14:00. Si todavía no caíste en la fecha y la hora, te ayudo. Los Argentinos del vuelo estaban muertos de nervios y rogaron cualquier actualización futbolística al piloto. En la fantasía colectiva, el piloto estaría mirando los partidos en un led gigante en la cabina del avión, mientras el piloto automático haría todo el trabajo.
Los asientos eran de a tres, y el de la ventana estaba ocupado por un nervioso hincha Argentino. El hombre era pequeño, y no paraba de mirar el reloj. Hasta que el avión despegó miró el celular todo lo que pudo. Y luego canturreó (¿rezó?) todo el viaje. Se revolvía en el asiento. Sufría, quizá pensando vaya a saber qué cosa. a mi derecha Paula estaba muy tranquila. El ansiolítico había hecho su efecto, y había tenido la buena idea de descargar unas pelis en su celular. Vimos "Matrimillas" y conocimos el concepto de que con este viaje de amigas estábamos gastando matrimillas. Fue entretenida y nos hizo pensar en otras cosas diferentes a catástrofes aéreas, encerramientos y partidos e fútbol.
En mitad del vuelo, el llamador del piloto se encendió.
Suspenso.
"Brasil está eliminado de la copa del mundo por penales frente a Croacia". El avión se ahogó en exclamaciones, algunas de sorpresa, otras de evidente alegría. Hubo un par de "¡Vamos carajo!". La mitad del avión no entendía nada de lo que había pasado. La mitad de los pasajeros eran extranjeros. A Ushuaia no viajan muchos Argentinos.

Seguimos viaje y vinieron los dos goles. La felicidad y el miedo, porque faltaban los últimos minutos de partido y el piloto debía aterrizar. Nos advirtieron que el aterrizaje podría ser complicado en Ushuaia por la zona, pero nada pasó. Por un rato no sabríamos nada del partido y el avión se posó como un pajarito en la tierra.
Los hinchas habilitaron un par de celulares mientras que el avión estacionaba y abría la puerta. Algunos se agolparon como primitivos alrededor de los fuegos. Las caritas se iluminaban con ilusión y expectativa.
De pronto vino la mala noticia "Holanda metió un gol". Un par de retorcijones de panza, un zumbido de malestar general. Miedo.
Una sola cara se ilumina, y un puño se cierra en señal de victoria "biennn!" dice una cara entusiasta en medio de miradas asesinas y nerviosas ¿Algún holandés sin miedo de morir en el fin del mundo?

Las puertas del avión se abrieron y todos corrieron en el pasillo del aeropuerto hasta la siguiente meta-fueguito-televisión. Nunca había estado allí y ahora pienso que debería observar ese lugar increíble y desconocido. Pero en ese momento no lo pensé, me apresuré a tomar el equipaje como el resto.
Al partido le quedan diez minutos y Argentina gana 2 a 1.
Nos agolpamos nerviosos con otros hinchas que quedaron estancados en el aeropuerto en un bar. Las mesas abarrotadas, los pasillos abarrotaos. La respiración contenida.
Los extranjeros no entienden nada y piden un remís para ir a sus hoteles.
La mitad de los humanos nos quedamos allí mirando en una tele chiquita, unas doscientas personas.
Un último tiro libre y todo va a haber terminado. No queremos mirar y nos vamos al final del pasillo, ya muy nerviosas, al parecer el ansiolítico es bueno para los aviones, pero no hay nada efectivo contra los partidos del mundial, porque Paula está tan nerviosa como todos.
Un grito desesperado y confuso nos llega desde la zona del bar ¿Qué fue eso? ¿Era felicidad? ¿desesperación¿dolor? Las caras nos dicen todo, y decidimos tomar un remis lo antes posible y llegar a la cabaña antes que termine el partido.
La remisera va escuchando el partido en todo el trayecto. Maneja nerviosa y rápido por las callecitas curvilíneas y ascendentes de Ushuaia. Pareciera que hasta el auto siente los nervios. Lo primero que noto es el sol. El sol da muy diferente en Ushuaia. Hace frio, y por suerte tomé la precaución de abrigarme en el vuelo. Hemos llegado al invierno en solo unas horas.
Llegamos a las cabañas. Hay televisión pero no queremos prenderla. Estamos demasiado nerviosas.
Le pregunto a mi hija Victoria como vamos en la tanda de penales. Y ella me relata a la distancia... 
- 6:46 Linda, decime como va porque ni lo quiero mirar
-6:47 Van a penales
-6:47 Mierd
-6:48 Primero tiran ellos
-DIBU LA ATAJOOOOOO
-Ahora nosotros
-Gol?
-Messiiiiiii
La Metio
Si, gol!
-Bien
-DIBU ATAJO OTRA
- 6:50 Por favor contameeee
Me manda un audio...
- Y ahora va a tirar Peredes ¿Paredes? - silecio- GOLLLLL, GOLLLL
-Metieron ellos una.
- Vamos Dibu, Metemos una y listo?
- Si, creo que si. Ahora va a tirar Enzo.
-La tiró afuera
-Al estilo De Paul en la american
- Le metieron otra al Dibu
-Ahora tira Fideo
Salgo de la cabaña al bosque, porque estoy demasiado nerviosa. Escucho, y de pronto un rugido atraviesa los árboles. No sé que pasa. Trato de ver si tengo mensajes, pero la conexión no es del todo buena en el fin del mundo. Cuento mil latidos por segundo.
Y de pronto me llegan los mensajes.
-Tira Marinez
-GOLLLL
-PASAMOSSSSDS
Y en los audios le cuento que aunque estoy en medio del bosque, en un lugar alejado, escucho los gritos de felicidad y los bocinazos. Y así, en el fin del mundo, también se festejó la victoria ante Países Bajos.


Otro día les cuento que fui a hacer a Ushuaia, porque es para otro post.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Allá en el Rancho grande, allá donde vivía

Cuando viajé al Chaltén con mi hermana en el 2002 conseguí trabajo apenas me lo propuse. Anduve unos días dando vueltas por las montañas, conociendo y cuando ya había llegado hasta Laguna de los tres dos veces y la plata comenzaba a escasear, me decidí a buscar y me decidí a hacer lo que había ido a hacer. Se me ocurrió preguntarle a un guía de montaña que conocía de una excursión y en seguida me tiró la data de quienes estaban necesitando gente.
Y tuve mucha suerte. Esa suerte de los que viajan sin paquete ni seguro, y es que nadie te dice lo que puede suceder en un viaje como ese. Caí en Zafarrancho, el Restaurante del "Rancho grande" uno de los Hostel mas lindos, limpios y copados del Chaltén. Y Obvio como no voy a decir que son los mejores cuando todos me trataron tan bien.
Entré por primera vez de muchas al que sería mi trabajo y pedí hablar con el encargado, un chico extranjero que decía tener 26 años. Atrás de la barra dos chicas me miraban y hablaban bajito. Una de ellas sabía para qué estaba ahí y le dijo a la otra "pero que suerte tengo!! si engancha mañana no vengo!!".
Y así fue como enganché, el primer lugar que entro a buscar trabajo me dicen que sí. Una de esas chicas justo le había dicho al dueño que no quería trabajar mas ¡Justo ese día!
Así conocí a Agus, la otra mesera, Flavia, la bachera y los dos cocineros que ya no me acuerdo el nombre, pero eran geniales.
A las pocas semanas estaba compartiendo habitación y trabajo con ellas, y miles de buenas anecdotas. Ahora por supuesto sigo sus pasos desde el Facebook. Sé que Flavia viaja por el mundo, y Agus se puso de novia con el chico del kiosco y ahora ellos tienen un kiosco propio en El Chaltén.
Por esos días y gracias a Agus, conocí esta banda "Chala rasta". Habían estado en Rancho grande unas semanas antes que yo empezara a trabajar y les habían dejado un casette con canciones de la banda (PROHIBIDO PREGUNTAR QUE ES UN CASETTE!!. Así que trabajabamos al ritmo de Chala Rasta y a veces nos preguntaba la gente "¿Qué es eso?" y le mostrábamos la cajita.
Se imaginarán la de recuerdos que me trae esta canción, se las recomiendo:



Buen inicio de semana!!!

lunes, 20 de septiembre de 2010

Hacia la cumbre



La primera montaña que subí fue el Cerro Otto y era muy chiquita, tendría 5 o 6 años. Me acuerdo que fui con algunos de mis primos. La mas grande mi prima tenía 7 y después le seguí yo en edad, mi otro primo de 4 años y el más chiquito tenía 3. Fuimos con mi tío, en aquel momento adolescente, y el primer día nos sentó a todos y nos dijo que ya era tarde que estaba oscureciendo y teníamos que volver. Llegamos solo hasta la mitad.
Nos sentimos desilusionados pero al otro día volvimos con todas las ganas de llegar. Me acuerdo que subía una parejita casi al mismo ritmo que nosotros, la chica de punta en blanco terminó de punta en negro toda embarrada. Tenía uno anteojos y le quedó toda la cara negra, menos la marca de los anteojos.
Fue la primera vez que tuve esa sensación en las piernas. Cuando queman y no das mas y aún queda mucho por subir. No es una sensación familiar para quienes viven en una ciudad, en edificios con ascensor.
Para mis primos de Bariloche era mas sencillo, y hasta me acuerdo que mi prima mas grande me hacía el apoyo logístico insistiéndome a que siga. El siguiente recuerdo que tengo es cuando volvimos y los grandes nos vieron rasguñados hasta la médula… mugrientos… si! Mugrientos como quien sube gateando una montaña, y después continúa arrastrándose como una serpiente. Nos metieron en agua y tantos años después me acuerdo lo que ardían los rasguños mientras la sangre y la tierra se disolvían con el agua y jabón.
No hay nada mas refrescante que darse un baño cuando uno está en verdad sucio.
Volvimos varias veces después, quizá la última fue la mejor. Estaba embarazada de dos meses, y fuimos con mi marido por otro camino que no conocía. Le mostré el casi ritual de la infancia… si vas a Bariloche hay que subir el Cerro Otto y ensuciarse. Fue divertido y agotador como recordaba.

miércoles, 21 de abril de 2010

La historia de esta foto


Esta foto tiene una historia que para mi es bastante interesante. Además hay un recuerdo y sentimiento ligado a ella, por eso está aquí en este espacio. Quisiera contárselas así cuando miren esta foto quizá les llegue el mismo sentimiento.
Esta foto fue tomada en el trayecto entre Calafate y Chaltén.
En ese entonces la ruta que une estos dos pueblos no estaba asfaltada, por lo que llevaba muchísimo tiempo transitarla. Sin embargo estaba poblada de gente que decidía atravesarla en bicicleta o inclusive caminando (220 kms!). La ruta estaba viva, en su quietud menguaba de seres humanos que transitaban un camino hacia el cambio. Poblada de curvas, nunca sabías con quien te ibas a encontrar en el siguiente zigzag.
Una vuelta ¡y zas! Un hombre de unos 60 años: pelo blanco pero buen estado físico.Su bicicleta peleaba con el viento y con los kilómetros, en un momento no pudo mas y paro sobre una pierna su bicicleta, y ahí pasamos nosotros. Me quedó grabado la imagen de su rostro lleno de felicidad y como la luz del sol lo iluminaba, un rostro lleno de sueños a pesar de sus años una expresión colmada de placeres ante el desafío.
Y ahí vimos esto que se ve en l foto. Según mi hermana parecían indios o guardianes parados en el filo de la montaña, vigilantes de los transeúntes y aficionados al trekking que pretenden llegar a El Chaltén.
A ella se le ocurrió la idea: Iba a correr hasta donde estaban “parados los hombrecitos” e iba a posar para esta foto, como si fuera un vigilante más.
Luego contó que cuando llegó a la primer roca comprendió el groso error que había cometido. Lo que creía que era una piedrita, la doblaba en altura ¡Era gigante en comparación a su primer percepción del paisaje! Por primera vez tuvo una aproximación de la distancia real hasta “los hombrecitos”.De pronto todo tomó un nuevo tamaño.
La distancia era mucha, y a mi hermana se veía cada vez mas pequeña.
Y con ustedes, les dejo la foto que es sin duda, muestra del verdadero tamaño de las cosas.



lunes, 19 de abril de 2010

Lo que la era del hielo nos dejó


Y finalmente después de varios kilómetros recorridos llegamos a ese lugar.

Habíamos salidos un día en verdad muy lluvioso y luego de 36 horas de viaje (36 horas de viaje mareada a punto de vomitar) llegamos a Calafate. Yo ya conocía, pero para mi hermana era todo nuevo, fantástico e increíble. Para mi también, aquel lugar al que uno va una vez y cuando vuelve a ir, se vuelve a sorprender como si jamás hubiese estado.

Allí conocimos un grupo de Brasileños que viajaban en Land Rover desde Brasil y que estaban sufriendo los avatares del clima. Solo uno de ellos hablaba español tan bien que cuando hablamos por primera vez creí que era Chileno :s.

Pasamos año nuevo de campamento ¡Si! Con un grupo de extraños: Ingleses, Brasileños, otros Argentinos, todos juntos en el camping festejamos, brindamos y nos matamos de risa un rato. Todos compartíamos estar muy lejos de casa, lejos de la familia. Son muy extrañas las fiestas lejos de la familia para mi al menos, ya que la mayoría de los que andaban por ahí estaban acostumbrados y habían pasado navidad en viaje.

Prometí encargarme de los mates del grupo y los Brasileños nos llevaron a ver el famoso glaciar.

Fue de una forma muy graciosa. Nosotras andábamos por ahí cerca de las Land Rover y ya habíamos hablado un rato con los Brasileños, creo que Gabi fue quien se acercó a la dama del grupo y lentamente en un español muy despacito le preguntó. Yo solo llegué a escuchar "Si tenemos lugar" y nada más, pero me dio gracia como con mímica Gabi les decía si podíamos ir atrás.

Ellos eran cuatro hombres y una chica, todos empresarios textiles.
Si bien es lindo un hotel, no se compara a la aventura de la carpa, de ponerla donde uno quiere, de salir y ver las estrellas, ni escuchar toda la noche ese relajante sonido de una arrollo cercano que corre. Es exquisito comer en un buen restaurante, pero pocos saben de la exquisités de la polenta con queso, comida con verdadero hambre animal, ni del contacto con la naturaleza, lo purificador y liberador de ese contacto.

Ellos lo sabían, lo sentían y lo aceptaban como parte de un buen viaje y por sus camionetas estoy segura que no había necesidad económica de usar una carpa.

Tan alegres y positivos eran ellos, que se inventaron una cancion bastante pegadiza que aún recuerdo: Era al ritmo de esa canción "Welcom to tijuana..."



Welcome to patagonia

Viento, carpa, insomnia




Nos invitaron a Torres del Paine, pero no pudimos acceder porque en ese entonces mi hermana era menor de edad por unos pocos meses, quedamos en encontrarnos en nuestro siguiente destino: El Chaltén.

viernes, 16 de abril de 2010

El regreso de un largo viaje

La última película de El señor de los anillos culmina con una escena muy particular: Los personajes de esta historia vuelven al pueblito que les dio origen y se sientan en el bar que siempre se sentaban antes de partir.

Cuando uno vuelve de un viaje es cuando realmente se da cuenta de cuanto lo movió y cambió ese viaje para siempre. Es un proceso que no se puede compartir con el entorno, con quienes te rodean que te preguntan "¿Y cómo te fue?" esperando que en unas pocas palabras le puedas traducir la metamorfosis que has sufrido.

Lo notás cuando volvés porque en tu lugar de siempre nadie mas cambió, todo el resto sigue tal cual lo dejaste. La chica de enfrente sigue persiguiendo chicos lindos, el señor del costado sigue en su mismo trabajo y no ha aprendido demasiadas funciones nuevas, y el kiosquero de la esquina sigue opinando lo mismo sobre la vida. Lo cotidiano lo inunda todo y a todos, mientras vos ya no comprendés esa cotidianidad.
Hablamos obviamente, de un verdadero viaje, no de unas vacaciones (sin desmerecer las tan necesitadas y preciadas vacaciones claro!!!).
Tus hábitos cambiaron, tus opiniones cambiaron pero sobre todo tu forma de ver el mundo. No podés evitar que esas personas que conociste en el viaje, esos lugares, esa forma de vida no te haya movido un pelo.
De pronto ya no encajás.
Y eso se ve en esa escena: Los personajes se sientan en esa mesa, van a tomar algo, se miran entre ellos, miran alrededor a la chica que les trae las bebidas, miran el pueblo...
Y acá me dispongo a contarles la historia de un viaje, por este motivo ha cambiado el blog. Estas fotos son de aquel lugar al que uno va y cuando vuelve ya no es el mismo.
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