Este era un ave que deseaba volar mas que ninguna otra cosa en el mundo. Cuando cerraba los ojos y dormía, soñaba estar volando y la paz lo inundaba hasta lo mas profundo. Cuando abría los ojos, en cambio, se decía que volar no debía ser así de pacífico ni hermoso. Pensaba en el viento golpeándolo y arrastrándolo hacia donde no quería ¡El viento a veces soplaba tan frío y fuerte! También pensaba en las nubes. Se veían blacas y puras, pero él sabía que escondían un gran secreto. Había visto aves derribadas por los rayos y bosques enteros quemados... sin embargo no era el miedo lo que lo mantenía lejos del cielo.
Sucede que él tenía las alas quebradas por la maldad de alguien.
Fisicamente no podía volar. Anímicamente no podía volar, y si están esperando que les cuente que mágicamente comenzó a hacerlo y fue feliz, pues esta no es esa historia. Disculpen entonces la bajada de un hondazo (ya que hablamos de volar). No quisiera que comiencen ilusionandose, aunque esta es una historia sobre ilusiones, luchas y fracasos.
No fue de un día para el otro, de hecho, el pasó la mayor parte de su vida mirando el cielo entre lo árboles, desde el piso, y todo por tener las alas quebradas por la maldad de alguien. Los otros pájaros le decían sorprendidos ¡Pero que ave grande y fuerte y que alas enormes! ¿Cómo puede ser?
Lo ayudaron, lo animaron y hasta trataron de tirarlo de lo alto de una montaña. Pero él repetía con vergûenza a veces que no podía por el tema de las alas, ya los huesos estaban curados pero los músculos no estaban fuertes. Descubrió que en algunos casos es mejor no lanzarse así no mas, que para lograr lo que el corazón quiere también hay que utlizar la cabeza.
Entonces ejercitó los músculos.
Los pájaros deben mover las alas mucho tiempo y muy rápido para no caer al suelo, y eso requiere músculos fuertes, y los de él estaban atrofiados porque jamás había volado.
Se sacrificó. A veces quería quedarse tirado en su nido solo disfrutando y no padecer esos dolores de alas, ni esas desiluciones espantosas. Supo que el dolor no era nada en comparación a la desilución. Y entonces trató de no ilusionarse. Sin embargo pronto descubrió que no tenía ganas de hacer nada ya no quería intentar y descubrió el valor de la ilusión cuando uno quiere lograr algo, descubrió que debía planificarse y visualizarse como en sus sueños: feliz volando.
Un día voló un poquito. Ya les dije que no salió volando de un día para el otro, así que dejen de esperar eso. Apenas salió aterrizó como cualquiera de nosotros (humanos) aterrizaría si se pusiera a volar. Y ahí descubrió el valor de saber soportar el fracaso para lograr algo.
Y pasó mucho tiempo, meses enteros, todo un año. Para un pájaro un año es un montón de tiempo, asi que se puso un poco mas viejo, y cuanto mas viejo se ponía mas difícil era poder alcanzar eso que buscaba. Algunas vez lloró mucho pensando "¿Porqué habré comenzado con esto?" y si también pensó que nunca lo lograría y dejó un tiempo. Ejercitó la paciencia, pero sinceramente era lo que menos le salía.
Su primer vuelo, fue con mucho miedo y muy cortito. De hecho fueron tres metros (enteros, ojo). No disfrutó nada. Las otras aves volaban con demasiada naturalidad, alguna pasó rozándolo y él se asustó mucho. Después la realidad se le vino a la cara, en forma de viento fuerte caprichoso y frío, y tuvo miedo de caerse y quebrarse las alas. Solamente un ave que ha esperado toda su vida por volar y ha sufrido por lograrlo, puede darle el valor a aquello que tiene como un tesoro, y entonces cuida no solo la habilidad de volar propia, sino que no arriesgaría la ajena. Aprendió que ni la comparación ni la autocompasión no le serviría para lograr lo que estaba buscando.
Al fin voló en serio, sintió ese viento jugando con su cuerpo, y pudo hacerle frente a veces y otras veces dejó que lo arrastrara unos metros mientras tomaba fuerza. También supo que volar no era tan lindo siempre como en sus sueños, y a veces se volvió desagradable. Sin embargo, aunque para otros pájaros era aburrido y rutinario, para él volar tenía el sabor de la victoria. Y descubrió que la victoria tenía mucho gusto a polvo y tierra de fracaso. Tenía sabor de dolor y sufrimiento a veces y de las lágrimas que se cuelan desde los ojos a la boca.